
Una inamovible torre de dónde se escapan cenizas voladoras desde la nuca. La musculatura tensada de su cuerpo, los toques ornamentales que penden de su cuello, le pesan, pero ella levita, deja su espíritu picarón regocijarse con las palabras que rajan su voz. Enamorada del desenfrenado ritmo sexual, pronuncia su música al cielo dónde negocia con Dios.
El ritmo de su vaivenes narcotizantes en el escenario provocaban el estupor generalizado de miles de pupilas dilatadas. Su cabeza, inmersa en una realidad estupefaciente, marcaba el compás y la entonación de un enjambre de notas agrietadas que acercaban al soul. El sonido de su conjunto sostenía el arrullo del blues, sumergía en un devenir que enfrascaba psicodelia y una titánica potencia de voz.
Su belleza atrapada y su sonrisa, alejaba del desasosiego al público. Con un solo, Janis Joplin transmitía en canciones como “Mercedes Benz” toda una corriente de sentimientos dónde nos podemos imaginar inmersos en una Iglesia de Harlem o en la hierba fangosa del Woodstock del ‘69.
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