Mi conciencia y mi fina educación escolar me viene diciendo, desde hace más de 20 años, lo que es moralmente correcto. La inteligencia asimilada durante tanto tiempo me ofrece la oportunidad de distinguir lo bueno, lo ejemplar, bien alejado del puro sentimiento dionisiaco, de la “ignorancia”, muy lejos del superhombre y de su fuerza aplastante. Aún así...he de decir que estoy un tanto cansado, cansado de observar un mundo plagado de dragones con lenguas fálicas, cubierto por la leche prematura de madres “tuneadas” por la mala educación o la idiosincracia corrupta y capitalista de nuestra política que conforman la última realidad. Cansado de callarme y acompañarme de un silencioso zumbido.
Cada noche acostado sobre un colchón manchado y con el humo atosigante de las colillas, conecto mi dispositivo wifi e introduzco la contraseña, entre impulsivos movimientos del ratón accedo casi de inmediato a la barra de direcciones para volcar mi lujuria en cualquier página con alguna X antes del .COM.
El acto animal, la vergüenza desnuda de la adolescencia, el impulso se exhibe y se contonea en una pantalla de 13 pulgadas. Sacudo el deseo rociando el aroma a testosterona sobre mi vientre y me dispongo a recitar mentalmente un discurso autocompasívo que termina en culpabilidad, seguida de una merecida cabezadita. Soy uno más, un ente dispuesto a saciar un apetito mojado y necesario.
Soñamos tardes enteras con arena salada entre los muslos del Amor, sudamos frío en verano dejando manchada las sabanas. Pero quizás lo más curioso de todo, es que la pasión frustrante e incontrolable de la conducta masturbatoria de la mente de los intelectuales, aquella que te impide ser presa fácil de los instintos naturales, llega a ser más imperdonable socialmente que el simple hecho de regar con semen el baño de casa.
Una vida atropellada por la conversación sexual acelerada, rítmica e imparable, no nos deja ver los ojos del amante para no ver más allá de nuestros propios genitales. El sexo se convierte en una paradoja darwiniana en la que ya no es la genética la que determina nuestro camino, sino la mera velocidad y los clásicos chismorreos del juicio juvenil de instituto.
Ya no somos romanos o cristianos, somos los leones del César condenados a vivir fornicando durante 157 veces diarias. Ya no se improvisa la penetración, se planea concienzudamente entre enlaces e hipervínculos. No se dice te quiero, se cambia el perfil a “tengo una relación”. Se gesticula la expresión humana mediante emoticonos. ¿Quién dijo que la comunicación está muriendo, o el periodismo, o las interrelaciones humanas? es el hombre, el macho Alfa el que expira su último hálito de vida entre híbridos o engendros andróginos que “decoran” los pilares clásicos de la masculinidad.
Por otro lado, como comentaba antes, el sexo se ha vuelto pólvora en lenguas divulgatívas y la excitación de la intimidad se ha despedazado por completo, se condiciona la respiración acelerada y la taquicardia preorgásmica del otro, al propio ego. Ya no se hace el amor, ya no se susurra; se detalla a pleno grito con los amigos tomando un “Frappuccino” cerca de Callao. Mientras tanto, muchos otros echamos de menos la cópula intwitteable y lloramos la perdida de personas como Marcello Mastroianni o Humphrey Bogart, ahogando nuestras penas en un bar.
Aún así dejaremos de leer esto y nos volcaremos de nuevo en una vida de engaño, una vida pecaminosa y desfogada, teñida de una incomoda mentira burlesca a nuestro Yo más interno, en la que nadie odia a nadie, en la que no manchamos el rostro y el cuerpo de Afrodita de semen o flujos vaginales. Intentando engañar al mundo entero sobre nuestra plena “religiosidad” y llevándonos hacia un bucle sin fin de hipocresía moral.
Mi favorito hasta ahora :)
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