jueves, 26 de julio de 2012

Introspección ajena


Tras una ducha fresca de verano, lanzo miradas lascivas bajo las faldas. Las mujeres que encienden la noche, que redistribuyen la carnaza de Montera para tiburones bajo las puertas del congreso de los diputados, recorren la noche ausentes, insomnes como yo. La filosofía angosta y femenina de la calle.
Me canso del repicar de los semáforos, de tener la frente empapada de sudor mientras escucho como mis compañeros de profesión despotrican en la radio contra la teta del Estado, los recortes, de Andrea Fabra, de los desniveles económicos internacionales. Meto tercera, cambio la emisora y continúo por un camino llano y salpicado por espigas de la corona de algún falso profeta maleducado. La carretera de mi mente se libera con “Reckoner” de fondo.
 Me dan pena los principios inmutables tales como la religión, el comunismo o el respeto, que asientan y avejentan nuestra humanidad. A medida que nos vamos haciendo hombres, aparte de un par de pelos en la patilla, soñamos con tener esa rotundidad personal sobre política, conocimientos, sobre lo profesional (mapas conceptuales del vivir), un futuro en la que deseamos ser dueños de nosotros mismos y a voz populi presumir de ello para elevar el autoestima...nuestro trabajo por encima de la felicidad completa.

Yo hace tiempo que me reconocí ante un espejo, y visualice que mi Telos introspectiva resume sin lugar a dudas mi ego, mi poder, mi capacidad creativa...mientras que el escupitajo acompasado de mentiras que escribo, pueblan el mundo real. Títere de un sistema, de una fecha y a la vez apresado por los deseos y las ambiciones que, mientras tanto, fluyen libres bailando en mi cabeza. 
Saludo al vecino, comento las mismas banalidades de siempre con el mismo esfuerzo con el que enciendo la cafetera cada mañana. Me siento agotado sobre el sillón, comienzo a liberar la imaginación, a descargarme de la necesidad viciada de la razón de los diarios y su contaminada ideología estilística, para terminar satisfaciendome sobre labios de papel, el amor que enorgullece el “alma”*  del escritor sobre su propio trabajo.
Y grito a la libertad, a la sátira (el periodismo más perfecto), me grito a mi mismo, con la identidad de mi obra sobre los hombros, que soy hombre...y es que a veces sin querer, me canso de serlo como bien decía Neruda

*(esa compañera que no simboliza nada más que la personalidad y el saber vital)

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